Canto pesa a cultura?

O sector cultural achega un 2’8% do emprego galego, mentres que a Xunta de Galicia destina a cultura un 1’2% do seu orzamento.

Para quen nos tivestes oportunidade de lelo, aquí deixo íntegro o meu artigo “Canto pesa a cultura?” que publicou a revista Luzes (nº 30). Pulsando na imaxe:

artigo-canto-pesa-a-cultura

 

Coloquio: “Os novos retos culturais e creativos de Galicia”

No pasado mes de maio fomos convidados pola organización do Ourense ICC Week (graciñas, Juan Rivas e Manuel Araujo) a participar nun coloquio sobre cultura e desenvolvemento. O acto transcorreu no fabuloso mosteiro de San Pedro de Rocas, en plena Ribeira Sacra. Un luxo poder compartir reflexións con algúns e algunhas das profesionais de referencia na xestión cultural en Galicia. Aquí tedes a gravación completa.

Entrevista a Ignacio Castro

Una entrevista mía al filósofo Ignacio Castro, a propósito de su libro Roxe de Sebes. Lástima algunos fallos de traducción del gallego al castellano (“ollada” por “ojeada”, cuando en realidad es “mirada”) o ese topónimo “El Caurel” que duele a la vista. Pero quitando esos pecadillos, creo que está correcta.

IGNACIO-1-2

Marcos Lorenzo*: Roxe de sebes está basado en una experiencia personal extrema, que podemos calificar como retiro o como aventura, pero que en todo caso derivó en una honda metamorfosis personal. Frecuentas durante siete años, en períodos de entre dos y cuatro meses, una cabaña en la sierra de El Caurel apartada de cualquier confort de la vida moderna. Aguantando en aquella intensa soledad, atravesado por una crisis personal y expuesto a las exigencias del medio, desarrollas un proyecto filosófico. Quería preguntar por los motivos de aquel enclaustramiento. Una posible interpretación, sin querer caer en un psicoanálisis de andar por casa, diría que la áspera crudeza de la vida en la montaña sirvió como rito de paso para un espíritu ablandado por mil facilidades. También de algún modo, ese ponerse a prueba y enfrontar los propios límites, recuerda a un Ulises ávido por ganar el reconocimiento de su tribu, cuando menos de la figura paterna. ¿Fue eficaz la receta? Quiero decir, lograste ordenar tu mundo interior, te hiciste “un hombre” y al tiempo recibiste la sanción de los tuyos? Y que influyó más en el retiro, si se pudiesen disociar, ¿tu psicopatología, que es la nuestra, o el intelectualismo de la época? Dicho de otro modo, ¿qué había más, necesidad o ambición, afán de cura o aspiración a ingresar en la galería de los héroes de entonces, sean del proletariado o de la alta cultura? O ambas, dolencia y ansia, ¿son dos caras de la misma moneda?

Ignacio Castro: ¿Honda metamorfosis? No sé. Es posible, pero tal vez se trataba solamente de sobrevivir, de lograr que la vida siguiera. Sí, lejos de todo confort, pues se trataba de probar hasta dónde podía llegar una “singularidad” que, después de cien proyectos colectivos, se mostraraintraducible a ellos. Me recuerdas también algo muy sencillo. Efectivamente, se trataba de recuperar la necesidad más primaria, poniendo en pie un proyecto filosófico -es una forma algo grandiosa de decirlo: se trataba solamente del pensamento que se necesita para vivir- que estuviera a la altura de una necesidad mortal, de la absoluta contingencia que constituye cada vida. Me empujaba, en este aspecto, un materialismo radical, mucho menos ingenuo que el de décadas pasadas. Yo necesitaba un “platonismo de múltiple” (Badiou), una disciplina móvil para poder vivir. Primero había sido el marxismo, siempre tramado con la filosofía. Más tarde tuvo que ser la actualización tardo-moderna de una anciana espiritualidad, oriental y occidental.

Tienes razón además en otra cosa. Uno ya había comprobado que la vida era muy dura, que los mimos y las facilidades -esas que siguen de moda- son lo más peligroso del mundo. Pero no sé si se trataba de reconocimiento, pues precisamente yo entonces rechazaba toda tribu y las facilidades que podía adquirir acomodándome a las sucesivas comunidades que se me ofrecían: radicalismo marxista, socialismo cívico, nihilismo filosófico, hedonismo cultural, etcétera. Casi todas estas etapas ya pasaran y estaban agotadas. Se trataba entonces de ir hacia un forma de vida que lo juntara todo, que no fuera otra etapa más. En este sentido, la motivación de aquel enorme esfuerzo -que ahora miro con algo de miedo- fue exactamente médica: tenía que dejar atrás la juventud, darle forma de una vez a la vida adulta, ya que se había pasado por demasiadas tentativas distintas. Y no, francamente, no pienso en una motivación externa de reconocimiento, que entonces -insisto- estaba en mí desfondada interiormente, por completo.

En cuanto al padre, tema siempre clave, pienso también que la confianza, incluso la admiración, estaba mutuamente ganada. Era otro el móvil. Simplemente, había que articular intelectualmente una enorme corriente vivida, tan intensa que amenazaba con devorarle a uno. Ya no se podía dar otro paso sin pararse y darle forma al silencio del mundo, aquello que nuestro pasado progresista rechazara como mítico o religioso. Ahora había que conquistar la acción y la subversión que queda en el mero vivir, en el simple estar y habitar. Como si fuera solamente el silencio lo que quedaba por explorar. Por así decirlo, había que intentar la revolución del ser en el devenir: un Nietzsche revivido en la carne, reconciliado con el discreto absoluto local que es tan propio de nuestra época. Actualizar un Nietzsche que no cabe en el vientre de ningún Marx.

Podéis leer la entrevista completa en el siguiente enlace:

«Uno hace las cosas empujado por la crudeza de las circunstancias. Y cuesta mucho volver sobre eso». Una conversación con Ignacio Castro