Entrevista a Ignacio Castro

Una entrevista mía al filósofo Ignacio Castro, a propósito de su libro Roxe de Sebes. Lástima algunos fallos de traducción del gallego al castellano (“ollada” por “ojeada”, cuando en realidad es “mirada”) o ese topónimo “El Caurel” que duele a la vista. Pero quitando esos pecadillos, creo que está correcta.

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Marcos Lorenzo*: Roxe de sebes está basado en una experiencia personal extrema, que podemos calificar como retiro o como aventura, pero que en todo caso derivó en una honda metamorfosis personal. Frecuentas durante siete años, en períodos de entre dos y cuatro meses, una cabaña en la sierra de El Caurel apartada de cualquier confort de la vida moderna. Aguantando en aquella intensa soledad, atravesado por una crisis personal y expuesto a las exigencias del medio, desarrollas un proyecto filosófico. Quería preguntar por los motivos de aquel enclaustramiento. Una posible interpretación, sin querer caer en un psicoanálisis de andar por casa, diría que la áspera crudeza de la vida en la montaña sirvió como rito de paso para un espíritu ablandado por mil facilidades. También de algún modo, ese ponerse a prueba y enfrontar los propios límites, recuerda a un Ulises ávido por ganar el reconocimiento de su tribu, cuando menos de la figura paterna. ¿Fue eficaz la receta? Quiero decir, lograste ordenar tu mundo interior, te hiciste “un hombre” y al tiempo recibiste la sanción de los tuyos? Y que influyó más en el retiro, si se pudiesen disociar, ¿tu psicopatología, que es la nuestra, o el intelectualismo de la época? Dicho de otro modo, ¿qué había más, necesidad o ambición, afán de cura o aspiración a ingresar en la galería de los héroes de entonces, sean del proletariado o de la alta cultura? O ambas, dolencia y ansia, ¿son dos caras de la misma moneda?

Ignacio Castro: ¿Honda metamorfosis? No sé. Es posible, pero tal vez se trataba solamente de sobrevivir, de lograr que la vida siguiera. Sí, lejos de todo confort, pues se trataba de probar hasta dónde podía llegar una “singularidad” que, después de cien proyectos colectivos, se mostraraintraducible a ellos. Me recuerdas también algo muy sencillo. Efectivamente, se trataba de recuperar la necesidad más primaria, poniendo en pie un proyecto filosófico -es una forma algo grandiosa de decirlo: se trataba solamente del pensamento que se necesita para vivir- que estuviera a la altura de una necesidad mortal, de la absoluta contingencia que constituye cada vida. Me empujaba, en este aspecto, un materialismo radical, mucho menos ingenuo que el de décadas pasadas. Yo necesitaba un “platonismo de múltiple” (Badiou), una disciplina móvil para poder vivir. Primero había sido el marxismo, siempre tramado con la filosofía. Más tarde tuvo que ser la actualización tardo-moderna de una anciana espiritualidad, oriental y occidental.

Tienes razón además en otra cosa. Uno ya había comprobado que la vida era muy dura, que los mimos y las facilidades -esas que siguen de moda- son lo más peligroso del mundo. Pero no sé si se trataba de reconocimiento, pues precisamente yo entonces rechazaba toda tribu y las facilidades que podía adquirir acomodándome a las sucesivas comunidades que se me ofrecían: radicalismo marxista, socialismo cívico, nihilismo filosófico, hedonismo cultural, etcétera. Casi todas estas etapas ya pasaran y estaban agotadas. Se trataba entonces de ir hacia un forma de vida que lo juntara todo, que no fuera otra etapa más. En este sentido, la motivación de aquel enorme esfuerzo -que ahora miro con algo de miedo- fue exactamente médica: tenía que dejar atrás la juventud, darle forma de una vez a la vida adulta, ya que se había pasado por demasiadas tentativas distintas. Y no, francamente, no pienso en una motivación externa de reconocimiento, que entonces -insisto- estaba en mí desfondada interiormente, por completo.

En cuanto al padre, tema siempre clave, pienso también que la confianza, incluso la admiración, estaba mutuamente ganada. Era otro el móvil. Simplemente, había que articular intelectualmente una enorme corriente vivida, tan intensa que amenazaba con devorarle a uno. Ya no se podía dar otro paso sin pararse y darle forma al silencio del mundo, aquello que nuestro pasado progresista rechazara como mítico o religioso. Ahora había que conquistar la acción y la subversión que queda en el mero vivir, en el simple estar y habitar. Como si fuera solamente el silencio lo que quedaba por explorar. Por así decirlo, había que intentar la revolución del ser en el devenir: un Nietzsche revivido en la carne, reconciliado con el discreto absoluto local que es tan propio de nuestra época. Actualizar un Nietzsche que no cabe en el vientre de ningún Marx.

Podéis leer la entrevista completa en el siguiente enlace:

«Uno hace las cosas empujado por la crudeza de las circunstancias. Y cuesta mucho volver sobre eso». Una conversación con Ignacio Castro

Cooperativismo & cultura: una alianza necesaria

Resulta llamativo como en tiempos de recesión y atribulaciones el sector de la economía social no sólo se mantiene sino que logra incrementar significativamente su volumen. Siguiendo datos de CEPES, la patronal española del ramo, en 2013 habría crecido en facturación interanual un 4%. Sin duda, en esta eventualidad influye poderosamente el hecho de que el 45% de los jóvenes emprendedores apuesten por fórmulas de economía social para sus futuros negocios, sean en forma de cooperativas, sociedades laborales o bajo otras personalidades jurídicas. También resulta chocante que, en esta época de minijobs, un 80% de los puestos de trabajo en la economía social sean indefinidos y que un 49% sean ocupados por mujeres, rozando la paridad absoluta.

Por su parte, el heterogéneo mundo de la cultura ha visto como crecían sus guarismos de forma sostenida a lo largo de las dos últimas décadas, sea en número de empresas, empleo o facturación. Aunque es cierto que la doble crisis a la que se ha visto sometido en los últimos años no sólo ha frenado su progresión sino que lo ha mermado. Cuando hablamos de doble crisis hacemos alusión a la endógena, o derivada de la revolución digital, con la extensión de las descargas gratuitas de contenidos, y la exógena, o del conjunto del sistema económico, que ha comportado una reducción significativa de los fondos públicos dedicados a cultura, de las partidas de empresas destinadas a patrocinios y de los consumos culturales de las familias. Con esta dinámica reciente, el sector cultural se encuentra en toda Europa en pleno período de reconversión, buscando nuevos horizontes que substituyan al ya moribundo “modelo cultural europeo”. Con todo, en los buenos tiempos el tejido empresarial de la cultura ya adolecía de múltiples problemas estructurales. La atomización del sector, con sobreabundancia de autónomos y escasez de pymes con dimensión intermedia, la temporalidad en el empleo, en forma de ocupación ocasional a modo de ingreso complementario, la falta de formación empresarial específica que les permita dotarse de estrategias a medio y largo plazo, o la dependencia endémica del sector público y sus volatilidades son algunas de sus debilidades más notorias.

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A consecuencia de este doble proceso, los activistas y profesionales de la cultura, expertos en creatividad aplicada, están experimentando nuevos modelos de organización colectiva o empresarial, en buena medida inspirados por los valores del software libre. Palabras como procomún, código abierto, remezcla, educación expandida jalonan sus declaraciones de intenciones, configuran un léxico propio y se plasman en nuevas formas de hacer que conducen a realidades como el crowdfunding, el coworking y otras variantes del formato crowd (multitud). Donde antes había una nítida separación entre el artista, el financiador y el consumidor de cultura (atendiendo a la vieja cadena de valor), ahora se habla de prousers o prosumers, es decir, figuras que alternan o combinan roles según la circunstancia. Con una visión social de su trabajo, enfoque que entronca con el ADN de la cultura, y a pie entre lo digital y lo presencial, entre lo formal e informal, muchos de esos colectivos de cultura colaborativa acaban por constituir (también) cooperativas, en una cierta tendencia de hibridación con el formato coop.

No es de extrañar pues que en la actualidad estén creciendo el número de cooperativas en el campo cultural. Históricamente las gentes de la cultura comulgan más con los valores horizontales de la cooperativa que con la orientación jerárquica de la empresa convencional. El trabajo en red, la primacía de la realización personal sobre el afán de lucro, el compromiso con la comunidad y la implicación en el desarrollo local son algunos de esos principios que aúnan a unos y a otros. Las empresas cooperativas son difícilmente deslocalizables, en la medida en que sus dueños son los propios trabajadores, lo que dificulta que se disocie trabajo y vida. Y buena parte de las iniciativas culturales están enraizadas en la identidad local, de quien beben y a quien se deben.

Por otra parte, cabría señalar la evidente complementariedad entre ambos universos. Si el tejido cultural puede enriquecerse con el bagaje de gestión empresarial mancomunada del cooperativismo, ganando así en estabilidad y dimensión, las cooperativas pueden beneficiarse de las dosis de innovación y creatividad que les pueden aportar los profesionales de la cultura, y que resultan decisivas para competir en mercados tan exigentes como los de hoy. Abundan los ejemplos en que artistas realizan intervenciones en cooperativas que resultan en una mejora tangible en la cuenta de resultados. Pueden comprobarlo en el informe. Así mismo, da la impresión de que los creativos de la cultura colaborativa, consumados tecnólogos, podrían ser socios valiosos para lograr una más honda inserción de las cooperativas en la sociedad del conocimiento y en los entornos digitales.

En definitiva, y es la tesis de este informe, la combinación entre cooperación y creatividad, en todas sus variantes (creación cooperativa o cooperación creativa), se está convirtiendo en un laboratorio apasionante de nuevos perfiles empresariales con un alto valor añadido social. Esa línea de colaboración, donde aún queda tanto por explorar, presenta un enorme potencial en términos de transformación social, de imaginar otra economía y otra cultura. Es por eso que decimos que son aliados que se precisan mutuamente para ganar el futuro.

MARCOS LORENZO

Podéis consultar los contenidos del informe en el siguiente enlace: Cooperativismo_e_cultura